La democracia no existirá ni habrá transformación si las lenguas indígenas y sus pueblos respectivos no se encuentran representados en todos los ámbitos de la vida pública de nuestro país.
En la Dirección General de Culturas Populares, Indígenas y Urbanas (DGCPIU) pensamos, alejados de los romances habituales con los que suele engolarse el tema, que no hay lenguas sin pueblos, pero los pueblos indígenas, como ya se sabe, a pesar de esfuerzos institucionales al respecto, han sido excluidos de las grandes políticas nacionales. Desde esa certeza fue que acudimos al Honorable Congreso de la Unión para entablar comunicación con la Cámara de Diputados, en conocimiento de que es una de las cámaras de cuyo trabajo se desprenden iniciativas, adhesiones, presupuestos que devendrán en la implementación de distintas políticas públicas. Partiendo de que el tema de las lenguas indígenas no es de común conocimiento, decidimos hacer la propuesta de esta iniciativa, cuya finalidad era subir a la máxima tribuna a hombres y mujeres hablantes de su lengua para que, en un ejercicio inédito, se dirigieran a las quinientas curules ocupadas por hombres y mujeres de los distintos partidos políticos mexicanos.
Para que ello ocurriera hubo que proponer un acuerdo, de modo que se declarara pertinente el uso de la tribuna por algún ciudadano común, ya que, según los reglamentos de la propia Cámara de Diputados, esa facultad sólo está prevista para sus integrantes y los servidores públicos en funciones.
Esto es un logro, en tanto que acudieron a la máxima palestra de la nación mexicana hombres y mujeres indígenas, ciudadanas y ciudadanos comunes, para abrir cada una de las sesiones de la LXIV Legislatura, evento extraordinario, puesto que una mexicana o un mexicano común sólo puede subir a ésta, la llamada máxima tribuna, si se invoca la figura de sesión extraordinaria. Así ocurrió cuando los integrantes del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN), haciendo acuse del olvido y como producto de la Marcha del Color de la Tierra, en 2001, tomaron con su palabra la tribuna en voz de la comandante Esther. Dicho sea de paso y sirva para la memoria, en aquel momento, muchas y muchos legisladores se pusieron de pie sólo para dar la espalda a las palabras que exigían la inclusión de los pueblos indígenas en el proceso democrático de México.
Por eso se subraya la diferencia: este evento que esperamos abra la discusión desde el espacio de la toma de decisiones de este país para el bien de las lenguas indígenas y sus pueblos respectivos. Bien sabemos que una golondrina no hace verano, pero también sabemos que las golondrinas anuncian la lluvia previa a cualquier siembra y, por supuesto, a cualquier cosecha.
La democracia no existirá ni habrá transformación si las lenguas indígenas y sus pueblos respectivos no se encuentran representados en todos los ámbitos de la vida pública de nuestro país. El libro que tiene en sus manos concentra los discursos escritos en cuarenta y cinco lenguas indígenas y su traducción al castellano. Todas ellas hablaron de la inclusión de las lenguas y sus pueblos en materias de justicia, democracia, libertad, territorio; todo esto conjugado redundará en un país que, además de mirarse los distintos ombligos que lo conforman, tenderá los puentes respectivos hacia un futuro que incluya a los pueblos de más antes, a los que llegaron primero.
Ni un hablante menos ni una lengua menos, porque sí, sostenemos: no hay lenguas sin pueblos.

Mardonio Carballo

Director General de Culturas Populares, Indígenas y Urbanas

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